Dos manos sostienen un puñado de granos de soja sobre una gran cantidad de semillas de soja.

La agroindustria, con posibilidades de exportar US$ 85.000 para el 2035

La agroindustria en 2025 representó el 60% del total exportado y tuvo un crecimiento de casi el 10% respecto de 2024, cifras que pueden subir o bajar de acuerdo con el clima, pero que sostienen una tendencia de crecimiento, aunque baja si nos comparamos con el crecimiento de Brasil, otro de los graneros de Latinoamérica, con un modelo agroexportador similar al de Argentina.

Con una mirada puesta en el mediano plazo, la Fundación Producir Conservando (FPC), una organización prestigiosa que ha venido generando planes de crecimiento desde hace más de dos décadas, ha publicado recientemente una proyección de la agroindustria al 2035, con exportaciones de entre 75.000 y 85.000 millones de dólares, lo cual representaría un crecimiento del 50% respecto de 2025.

Para lograr al 2035 un promedio de 80.000 millones de dólares exportados por el sector, la agroindustria requerirá un crecimiento promedio del 5% anual durante los próximos 10 años, una tasa (muy) superior al crecimiento medio de la economía argentina.

El resto de los motores del crecimiento de las exportaciones en la Argentina al 2035 —la energía, la industria del conocimiento y, en menor grado, la minería— crecerán a tasas anuales mayores que el 5% citado anteriormente, pero arrancan desde niveles mucho menores. Las proyecciones oficiales marcan que, al 2035, la energía lograría exportaciones de entre 40.000 y 50.000 millones de dólares, seguida de la economía del conocimiento, que, junto con los centros de datos, proyecta duplicar las exportaciones hasta alcanzar los US$ 20.000 millones al 2035. Más atrás se encuentra la minería, que, aunque llaman la atención las inversiones anunciadas en el RIGI, va a exportar valores inferiores a estos dos motores, al menos durante la próxima década.

La primera clave para este salto es la inversión. Las cadenas agroindustriales tienen como gran desafío no solo lograr una mejora significativa en los volúmenes exportados, sino también en el valor promedio en dólares por tonelada.

Para ello, con un marco macroeconómico y legal adecuado (del cual hablaremos más abajo), se deberán utilizar todas las tecnologías disponibles para mejorar la productividad y la eficiencia en las distintas etapas de las actividades realizadas. En forma simultánea, la agroindustria debe trabajar para lograr condiciones que incentiven el agregado de valor a las materias primas producidas, mejorando de esta forma el valor unitario por tonelada exportada y por tonelada producida.

El gran desafío de la próxima década es producir más granos y más carne, pero dejar de exportarlos como se recogen en el campo o como media res.

Según la FPC, la diferenciación del precio final obtenido tendrá que ver con el tipo de producto, la calidad del mismo, el nivel de proteína, su presentación y la trazabilidad del proceso productivo, así como con valores intangibles tales como la sustentabilidad ambiental del proceso productivo y la deforestación, aspectos que algunos mercados desarrollados valoran y por los cuales están dispuestos a pagar.

Este proceso de diferenciación y agregado de valor ya se ha iniciado hace un par de décadas, por ejemplo, en el complejo oleaginoso, generando biodiésel, harinas proteicas y aceites de distinta calidad; en los granos forrajeros y su transformación en proteínas animales; y en la cadena láctea, donde, a pesar de algunos problemas puntuales, se generan aumentos de productividad y mayores inversiones en procesamiento industrial y agregado de valor. Pero son los primeros pasos y queda mucho por hacer y mucho valor por agregar, ya que tenemos tanto granos como carnes con características de calidad que el mundo valora.

Sin duda, el segundo factor de éxito es la estabilidad macroeconómica. Pensar en una década de inversiones y desarrollo de mercados externos es inviable sin este factor. Necesitamos un país que “gane fama de normal”, como lo fueron haciendo Chile y Uruguay, con un riesgo país reduciéndose hacia valores de 200 y créditos a una tasa que permita desarrollar estos negocios productivos.

Finalmente, el tercer factor clave es el legal. Necesitamos, como país, que las partes interesadas se pongan de acuerdo en una ley de patentes que nos saque de este atraso en genética y herbicidas, que nuestros competidores utilizan y aprovechan para producir más por hectárea. Como escuché en una reciente conferencia, para producir a lo grande debemos actuar como un país grande.

Las desarrolladoras globales de tecnología y moléculas planean sacar al mercado un mínimo de 10 innovaciones en la próxima década, desde supersojas y maíces petizos hasta insecticidas multiplaga que permitirían reducir más del 50% el uso de material activo, y plantas más resistentes a las sequías, en un período donde se proyectan ciclos de Niños y Niñas más agudos.

La agroindustria argentina no se puede quedar afuera, una vez más, de este proceso innovativo. Tenemos todo lo que la naturaleza nos podía dar; ahora queda que los dirigentes y los productores se decidan a aprovechar lo que la tecnología nos puede brindar.