Este desarrollo hidrocarburífero demuestra que, cuando el sector privado y el Estado ocupan su rol y lo ejecutan de manera eficiente, el negocio resulta redituable para todas las partes interesadas.
La producción de petróleo y gas no convencional es un negocio relativamente nuevo, tanto desde el punto de vista tecnológico como temporal. Hace apenas 10 años nuestro país estaba dando sus primeros pasos en este desarrollo e, inclusive, algunos analistas temían que se tratara de otro caso local perdido: uno de tantos en los que la naturaleza nos hizo ricos en recursos, pero los argentinos fuimos pobres a la hora de lograr su explotación.
En la actualidad, mes a mes, vemos noticias sobre producciones crecientes, desarrollo masivo de infraestructura, inversiones billonarias y, consecuentemente, recaudación e ingresos de divisas que añoramos durante décadas.
Durante agosto leemos, casi con naturalidad, noticias como estas:
- SESA (Southern Energy) obtiene un crédito de US$ 900 millones para ejecutar un nuevo gasoducto desde Neuquén hasta la costa, lo que permitirá alimentar sus dos plantas flotantes de GNL y completar un proyecto que demandará US$ 3.200 millones hasta 2031 y permitirá exportar 6 millones de toneladas anuales de GNL, equivalentes a casi 30 millones de m³ diarios de gas.
- Puerto Rosales exportó un volumen récord de crudo durante el primer semestre de 2026, en un desarrollo de infraestructura portuaria y facilidades completamente privadas. Aguas arriba, las empresas petroleras han invertido billones para alimentar este crecimiento, con la proyección de alcanzar el millón de barriles diarios de producción hacia fin de año, duplicando el volumen que el país producía hace apenas cinco años.
- YPF negocia el mayor crédito privado de la historia argentina, por un monto del orden de los US$ 15.000 millones, para concretar el proyecto Argentina LNG, una sociedad entre nuestra empresa local, ENI y XRG, dos multinacionales de primer nivel que están ingresando al país para invertir billones de dólares en negocios que requieren décadas de desarrollo.
Los argentinos no deberíamos olvidarnos de que, hace pocos años, multinacionales de ese mismo nivel tenían sus activos locales con banderas de remate o, directamente, los vendieron a precios devaluados.
- Las proyecciones más conservadoras indican que en 10 años triplicaremos nuestra producción de hidrocarburos, alcanzando exportaciones similares a las del complejo agroganadero. Esto nos permitiría recaudar regalías y generar divisas suficientes para sacarle el pie de encima al productor agropecuario, un sector esquilmado hasta el cansancio por los populismos de turno durante décadas.
Y todo esto está ocurriendo sin necesidad de empresarios especializados en negocios regulados ni de proveedores u operadores que deban recurrir a favores de los funcionarios de turno.
No quiero imaginar el tamaño de los bolsos si el Estado estuviera administrando los billones anuales que el sector privado está invirtiendo en Vaca Muerta. Más que bolsos, serían big bags.
Pero hoy sí podemos decir, sin eufemismos, que “no fue magia”. Fue el Estado —nacional y provincial— generando el marco regulatorio y macroeconómico adecuado para que los privados puedan desarrollar su creatividad y su capacidad de hacer. Y que puedan hacerlo sin comprometer los impuestos de los ciudadanos ni los recursos naturales escasos, ya que solo Vaca Muerta cuenta con recursos suficientes para abastecer durante más de un siglo la demanda energética local.
Lamentablemente, no todo es color de rosa. Además de petróleo y gas, otro recurso que abunda en la Argentina son los políticos demagogos.
De ellos leemos que Vaca Muerta exportará materia prima sin valor agregado. Es difícil pedirle a un populista —de derecha o de izquierda— que no diga macanas, pero como ciudadanos, y después de haberlos sufrido durante tantos años, sí podemos exigirles que lean y se instruyan mientras cobran sueldos financiados con nuestros impuestos.
Por ejemplo, un senador cobra el equivalente al sueldo de 13 maestros y tiene un equipo de rugby como asesores. Bien podríamos exigirle —tenemos el voto para ello— que cambie un ñoqui por un asesor que lo instruya sobre el negocio energético.
Ese especialista podría explicarle, por ejemplo:
- Que para agregar valor primero debemos generar la materia prima, y que en petróleo y gas generar esa materia prima requiere años de inversiones, tanto en downstream como en midstream.
Esto requiere, como vemos diariamente, billones de dólares en inversiones que, para lograr su financiamiento, necesitan negocios capaces de monetizar estos recursos. En nuestro caso, y por el tamaño de nuestro mercado, ese negocio es la exportación.
- El midstream está comenzando a desarrollar inversiones en separación y exportación de NGLs, líquidos que no existirían si no se estuvieran llevando adelante los proyectos de exportación de “recursos sin valor agregado”.
Esta inversión superará los US$ 5.000 millones, una escala y un monto que la Argentina no registra desde la época del desarrollo del Polo Petroquímico de Bahía Blanca, exactamente una generación atrás.
- Y hablando de Bahía Blanca y de agregar valor, dos empresas están desarrollando dos plantas de urea que monetizarán el valor del gas por TRES veces, con inversiones cercanas a los US$ 4.000 millones y una producción superior a los 3 millones de toneladas anuales (MTPA).
Para quienes no están en el negocio, el campo argentino demanda cerca de 3 MTPA de urea e importa aproximadamente la mitad cada año.
Viendo estas inversiones desde otra dimensión, durante los últimos 50 años, siendo la Argentina uno de los graneros del mundo, se desarrollaron apenas dos plantas de urea: una de 200.000 toneladas anuales en los años 60 y otra de 1 MTPA en los años 90.
Pasaron tres “décadas ganadas” para que, en un solo step, instalemos el triple de aquella capacidad.
Finalmente, para quien no está en el negocio petroquímico, estas plantas consumen gas seco —metano— y, para disponer de metano, primero tuvo que existir la inversión en downstream. Luego deben llegar las plantas de GNL y NGLs que separarán y monetizarán los gases complementarios al metano.
Por eso, estimado lector, cuando escuchemos a un político decir que se exporta “materia prima sin valor agregado” o que el desarrollo no genera mano de obra —como si la infraestructura apareciera por arte de magia—, tenemos derecho a “mandarlos a estudiar”.
Eso sí, con respeto, porque las bravuconadas no se combaten, y mucho menos se resuelven, con más bravuconadas.
Tan simple como aquello que nuestros padres nos decían cotidianamente:
“Estudiá y sé respetuoso”.
“Argentinos, a las cosas”. — Ortega y Gasset, 1939