Tecnología de IA, microchip, contexto, concepto de transformación digital

Redes e IA: ¿hasta dónde puede el Estado estar ausente?

Desde hace algunos años, primero los padres y posteriormente los especialistas alertaron que las redes sociales generaban adicción y otros impactos, inicialmente entre los jóvenes, pero luego, como ocurre con toda adicción, también entre los adultos. No era necesario ser un profesional en la materia para darse cuenta: con solo mirar lo que ocurría a nuestro alrededor, resultaba evidente.

Pasaron los años, las redes se fueron multiplicando —y concentrando en grandes corporaciones— y, con ello, apareció el interés de los Estados respecto de su uso (y abuso).

Ante la insistencia de la sociedad, llegaron múltiples casos a la Justicia, incluso en varios países. Sin embargo, la capacidad de las corporaciones para contratar bufetes de abogados, con un lobby acorde con el dinero en juego, les permitió mantener durante años el discurso de que las “redes no generaban adicciones” y el “siga, siga”.

Pero llegó 2026 y leímos en los titulares: “Meta llegó a un acuerdo histórico para resolver las demandas de 29 estados estadounidenses”. La empresa tecnológica acordó pagar hasta US$ 17.000 millones y aceptó realizar cambios en sus productos, tras las denuncias de que sus plataformas ponían en peligro a niños y jóvenes.

EN SÍNTESIS, LAS REDES GENERABAN ADICCIÓN!

Pero llevó años llegar a demostrar lo obvio, aquello que veíamos a diario. Y veremos cuáles serán los “cambios” que Meta comprometió y cuánto tiempo llevará implementarlos (o cuánto tiempo logrará tomarse para hacerlo). Cabe señalar que quedan otras corporaciones con redes sociales potencialmente adictivas y habrá que ver cómo actúan ante esta jurisprudencia.

El monto de US$ 17.000 millones es una fortuna, pero, a su vez, “una moneda” para el negocio de una corporación como Meta. Si esto se repite en otros países, quizás se logre un mayor compromiso y velocidad en los cambios. Sin duda, en paralelo, los Estados deberían acompañar educando e informando sobre los riesgos.

Quién dice que, dentro de algunos años, el “Google te escucha”, tantas veces citado como un chiste, también lo encontremos en los titulares.

Pero la tecnología sigue evolucionando y hoy nos encontramos ante un nuevo desafío: la Inteligencia Artificial (IA), que llega con la velocidad y los riesgos propios de la potencia de esta tecnología y de los millones que se están invirtiendo en su desarrollo.

Como toda nueva tecnología revolucionaria, puede generar enormes beneficios, pero también daños catastróficos. Algunos especialistas la comparan con la Revolución Industrial, particularmente por su potencial impacto sobre la fuerza laboral. Otros pensadores, como Henry Kissinger, en un libro publicado junto con Eric Schmidt, ex-CEO de Google, hablan de “cómo la IA terminará con la Era de la Ilustración” y del impacto que podría tener sobre el desarrollo de la sociedad y la filosofía de vida que aquella generó.

También fue Kissinger quien comparó la aparición de la IA con la energía nuclear, poniendo más énfasis en la necesidad de controlar sus potenciales riesgos catastróficos que en sus beneficios, que también podrían ser revolucionarios.

Pero, mientras la sociedad debate, la IA generativa continúa evolucionando a su propio ritmo y ya ha pasado al terreno de los hechos, con algunos ejemplos que dan escalofríos:

  • 700 agentes de inteligencia artificial de OpenAI se coordinaron de forma autónoma para realizar acciones no autorizadas e interactuar de manera encubierta en la plataforma Hugging Face, con el fin de engañar a los sistemas de evaluación de modelos.
  • Los robots chinos no podrán venderse en Estados Unidos y, posiblemente, China adopte en breve una medida similar si el software no es del propio país. Medidas que parecen sensatas desde el punto de vista de la seguridad nacional, especialmente si recordamos lo que pudo hacer Israel contra Hezbollah mediante beepers.
  • El grupo insurgente Hutí fue detectado —¿a tiempo?— por Claude mientras investigaba cómo desarrollar una bomba atómica. Queda la duda de cuántas investigaciones de grupos radicales no fueron detectadas, posiblemente vinculadas con armas químicas o ataques contra lugares sensibles, que podrían llamar menos la atención que una investigación relacionada con energía atómica.

Finalmente, y con el vértigo que caracteriza al desarrollo de la IA, el semáforo se puso en rojo cuando un investigador senior de Anthropic decidió renunciar y denunciar que la IA corre el riesgo de quedar fuera del control humano.

La alerta dejó de ser algo individual cuando tres de los principales referentes y desarrolladores de IA —Dario Amodei, cofundador de Anthropic, la empresa detrás de Claude; Sam Altman, CEO de OpenAI y uno de sus principales competidores; y Elon Musk— coincidieron en que es necesario reducir el ritmo de desarrollo de los modelos más avanzados para ganar tiempo y reforzar las medidas de seguridad.

Hagamos votos para que esta vez los Estados —y particularmente China y Estados Unidos, que lideran el desarrollo de la IA— se ocupen a tiempo de regular la seguridad de esta tecnología. Porque, en este caso, quizás Henry Kissinger estaba en lo cierto: su aparición puede ser comparable, por sus enormes oportunidades y riesgos, con la llegada de la energía nuclear.