Solo el 3% de la superficie del planeta es cultivable, y un 85% sigue con agricultura «de deterioro».
Argentina es parte de ese selecto grupo, y además cuenta con la ventaja de un clima que permite doble ciclo anual.
Hace 40 años lideró una revolución tecnológica mediante la siembra directa, y hoy integra el 15% que trabaja en un proceso de mejora continua, denominada agricultura de regeneración, particularmente en la pampa húmeda.
Hace 30 años, la frontera agrícola se corrió hacia el noroeste y noreste (NOA y NEA, respectivamente) en suelos convertidos más frágiles y temperaturas superiores a la zona central.
En su momento se adoptaron los mismos modelos productivos de la región pampeana, pero con tasas de fertilización mucho menores y, consecuentemente, caídas del 50% en su productividad.
La asociación FERTILIZAR y el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) han logrado completar el primer relevamiento representativo de 6 millones de hectáreas en el NOA y NEA.
Los resultados, en comparación con el suelo nativo, muestra una fuerte degradación en materia orgánica, PH y nutrientes, proceso que se dio en un plazo de agricultura relativamente corto.
Esta degradación hace que estos suelos sean más vulnerables a los impactos de los fenómenos meteorológicos, cada vez mas severos debido al cambio climático.
Las principales disminuciones se dieron en materia orgánica y PH, tanto mayores a 7,5 y menores a 6 según la zona. En nutrientes, los bajos niveles de fósforo son comunes en todas las regiones, aunque también se enciende una luz amarilla para el potasio, que disminuyó fuertemente en el norte de Entre Ríos y Santa Fe.
También hay alerta con los micronutrientes (particularmente Zinc y Boro) en una zona amplia que se extiende por Tucumán, Santiago del Estero, Norte de Santa Fe, Córdoba y Entre Ríos.
Este estudio permite tener un conocimiento cierto de los suelos agrícolas del norte y qué buenas prácticas se requieren implementar para salir de las bajas productividades actuales.