La infraestructura ya existente de ductos que nos conectan a países limítrofes, así como la reversión del Gasoducto al NOA, representan oportunidades de exportar gas no convencional, en paralelo al desarrollo del GNL.
Argentina desarrolló en décadas pasadas varios gasoductos que nos conectan a Bolivia, Uruguay, Brasil y a Chile; este último, por caños que llegan al centro y al norte del país trasandino.
Esta infraestructura quedó inutilizada durante casi dos décadas, debido a la crisis energética generada por los gobiernos K; pero, en la actualidad, parte de esta capacidad de transporte se está reutilizando con contratos spot exportando la nueva oferta de gas no convencional.
A modo de ejemplo, el caño a Uruguay está siendo utilizado gran parte del año, se están generando contratos con Chile y también con Brasil, pero con la restricción durante la temporada invernal, un cuello de botella para contratos permanentes, que se podrá ir reduciendo a medida que se vayan ejecutando los nuevos proyectos de transporte que unirán Vaca Muerta con el nodo central argentino.
Otro cuello de botella es la elevada tarifa que solicita cobrar Bolivia por el uso de su ducto con Brasil y que obstaculiza nuevos negocios para la exportación de gas.
Daniel Ridelener, director general de Transportadora de Gas del Norte (TGN), durante su participación en un Energy Summit reciente, indicaba “que Bolivia exige un precio de 1,9 dólares por millón de BTU para transportar gas, en un ducto que tiene más de 25 años y recorre más de 1.200 kilómetros. En contraste, en Argentina, transportar gas en condiciones similares cuesta entre 40 y 50 centavos por millón de BTU”, obstaculizando el desarrollo de esta exportación, razón por la cual “TGN analiza rutas alternativas para fortalecer la integración regional”.
Un proyecto de infraestructura estratégico que TGN está evaluando es construir un nuevo gasoducto entre Neuquén y el sur de Córdoba (La Carlota), con una inversión estimada de USD $2.000 millones, para transportar hasta 20 millones de metros cúbicos diarios y conectar la producción de Vaca Muerta con este nodo, lo que permitiría abastecer la demanda local en la zona central del país, así como la del NOA, y los mercados regionales.
Este potencial proyecto, junto con la ampliación del ducto Perito Moreno, ya iniciada por TGS, permitiría comenzar a generar contratos de abastecimiento permanentes, imprescindibles para abastecer industrias, generación eléctrica y dar un salto de escala en los volúmenes comercializados.
El directivo también mencionó que “el norte de Chile tiene interés en comprar capacidad de transporte, y el centro de Chile muestra señales de crecimiento en la demanda. Brasil quiere comprar gas argentino y está perdiendo a Bolivia como proveedor”, lo que abre nuevas oportunidades para el país.
“El proyecto busca aprovechar el excedente de gas en Vaca Muerta y diversificar la matriz energética en Brasil”, sostuvo. Para el directivo, “si queremos una verdadera red regional de gas, los valores de transporte tienen que reflejar costos reales y no posiciones dominantes”, y enfatizó que la clave está en “acuerdos comerciales que sean justos para productores y consumidores”.
También existen en evaluación rutas alternativas y nuevos proyectos green field, pero que requieren asociaciones con empresas de países limítrofes y montos de inversión multimillonarios. Entre ellos, la creación de un anillo de gasoductos en Brasil, conectando Uruguaiana con Porto Alegre, un negocio para el cual se firmó un acuerdo de interés entre ambos países.
Otra alternativa sería la incorporación de Paraguay como consumidor directo y tránsito a Brasil, para lo cual el gobierno paraguayo hizo público su interés en adquirir gas a partir del 2030, para uso en generación térmica y petroquímica.
Otra posibilidad es el desarrollo del proyecto Vicuña en la Puna argentina para elabastecimiento de la creciente industria del litio y otros minerales.
La nueva perspectiva de baja en el riesgo país que se vislumbra en la actualidad podría hacer viable que las empresas privadas puedan tomar financiamiento de largo plazo a tasas de un solo dígito, condición esencial para que estos proyectos de infraestructura puedan ejecutarse.