En la última década, el cambio climático y su mitigación han pasado de ser temas ineludibles para la exportación, con implicancias económicas y comerciales que afectan el agronegocio.
Actualmente, nuestro país se encuentra “tironeado” entre dos estrategias ambientales diferentes, pero igual de poderosas.
La visión de China se enfoca en resolver sus problemas en su territorio. Durante siglos, el territorio chino se erosionó, acumuló contaminaciones por agroquímicos, los ríos y lagos se colmataron con sedimentos, y la desertificación se expandió.
Para reconstituir todos estos bienes ambientales perdidos, los chinos implementaron desde la década de 1990 un programa ambiental nacional a largo plazo, con una estrategia que reduce su producción de alimentos y en favor de la importación. En síntesis, redujeron la presión sobre sus ambientes y recursos naturales, transfiriendo -inevitablemente- este impacto y la demanda de agua a los países que le exportan alimentos.
Es decir, la Argentina no solo exporta granos y carnes, sino también bienes y servicios ambientales que son esenciales para China.
Por otra parte, la Unión Europea (UE) aplica una visión diferente a la de China, abordando los problemas ambientales globales a través del Pacto Verde Europeo de 2019. Con este pacto, la UE aspira a liderar la lucha mundial contra el cambio climático y la degradación ambiental, además de desarrollar alianzas comerciales.
Para lograr sus objetivos, ha implementado restricciones -barreras- al comercio para los países que le proveen alimentos, con el objetivo de hacerles cumplir con los estándares y regulaciones ambientales establecidas por el Pacto Verde.
La UE globaliza su visión del problema ambiental apoyándose en el prestigio de sus institutos científicos y universidades. Esta visión, compartida por el autor, no se ocupa de la complejidad del sistema global, ya que aplica las sanciones comerciales teniendo en cuenta las emisiones de carbono y su visión unilateral de la problemática ambiental, así como las necesidades de esta.
La visión de la UE ignora la concepción que están desarrollando Argentina y otros países del Cono Sur, como Brasil, Uruguay y Paraguay, en la cual se tienen en cuenta, además de las emisiones, la captura del carbono.
El cono sur cuenta con una gigantesca plataforma de fotosíntesis, apta para capturar y acumular carbono orgánico a través de los bosques, las pasturas y los pastizales naturales. Es decir, gran parte de lo que denominamos tierras ganaderas y forestales.
Según los datos del Observatorio Orbital de Carbono (OCO-2) de la NASA, gracias a esta extensa plataforma fotosintética, la Argentina capturó más carbono del que emitió entre 2015 y 2020.
Consecuentemente, de la dicotomía inicial surge una gran oportunidad de negocios, que es como nuestro país (y como bloque, el Mercosur) lograr posicionar el OCO-2 de la NASA en nuestro comercio internacional.
La captura fotosintética de carbono cambia por completo la ecuación en cuanto a balances de carbono, y una medición con prestigio internacional como el OCO-2, nos puede permitir mostrar que muchos compromisos de mitigación que hemos firmado a nivel internacional se pueden vender con una perspectiva mucho más favorable para el país.
En el futuro, el gran desafío es que gobierno y empresas tengan la creatividad suficiente para plantear una visión alternativa del problema, logrando que nuestros clientes compren nuestros productos teniendo en cuenta la visión del Cono Sur, valorando el potencial de captura y secuestro de carbono que tienen nuestras extensas praderas de pastoreo y bosques reforestados.
Fuente: Infobae – Ernesto Viglizzo, profesor de la Universidad Austral e Investigador Principal del Conicet.