El nuevo plan nuclear libertario tiene como objetivo convertir al país en un exportador estratégico de uranio como combustible, en un contexto donde la Argentina ya empiece a vender sus reactores SMR al mundo; un proyecto a largo plazo que requiere, como primera etapa, el desarrollo exitoso del nuevo reactor ACR 300, para luego asociar su venta a un compromiso de compra de uranio argentino.
De acuerdo con un informe de la CNEA, la Argentina cuenta con 30.000 toneladas de uranio en la categoría de costo de producción de US$ 130 por kilogramo. Como referencia, actualmente el país importa de Kazajistán (junto con Canadá, los dos principales productores de uranio del mundo) concentrados de uranio para cubrir la demanda local de unas 220 toneladas por año, destinadas a la fabricación del combustible de las centrales nucleares Atucha I, Atucha II y Embalse.
La Argentina dejó de extraer uranio en la década del ’90, cuando lo hacía en Sierra Pintada, Mendoza.
Según referentes mineros, el país dejó de extraer su propio uranio debido a la falta de un marco económico para hacerlo, ya que el precio del uranio era bajo y su extracción tenía costos altos. Hoy, la situación habría cambiado: el precio del uranio es más rentable y existe un clima social que apoya su desarrollo.
Al hablar de la venta de uranio, técnicos cercanos a la CNEA explicaron al diario La Nación que extraer y vender únicamente el mineral no alcanza para que sea utilizable en los reactores modulares del tipo SMR. Para que el uranio sea funcional dentro de un reactor, es necesario completar todo el ciclo del combustible nuclear. Es decir, el mineral debe atravesar una serie de procesos industriales antes de transformarse en combustible apto, y el país dispone del know-how para hacerlo.
Hoy hay solo 18 países en el mundo que están diseñando o desarrollando este tipo de reactores, entre los que se destacan Estados Unidos, Rusia, Canadá, China, Japón, Reino Unido y Francia.
Según Reidel, asesor del gobierno en este tema, hoy la carrera nuclear se enfoca en el desarrollo de los pequeños reactores modulares (SMR, por sus siglas en inglés). Estos sistemas pueden construirse con mayor rapidez (en alrededor de cinco años), tienen un costo mucho más accesible (de entre US$ 1.000 millones y US$ 4.000 millones, dependiendo de la potencia y del enriquecimiento del uranio), y se adaptan a contextos más diversos, al no requerir conexión a redes eléctricas.
Los argentinos, luego del fiasco en que terminó el proyecto CAREM, cuando leemos estos anuncios y al día siguiente nos toca transitar por una ruta, nos preguntamos: ¿quién lo va a financiar?
¿Serán las fuerzas del cielo que “transforman pesos en dólares y piedras en diamantes”?
Mientras tanto, algunos inversores se posicionan invirtiendo (por el momento, tickets pequeños) sobre potenciales recursos y junior projects… Quién dice que esta vez “sí se puede”.