El yacimiento cuenta con un recurso de clase mundial y continúa desarrollando tecnologías para ganar escala, pero sus costos de producción todavía se encuentran muy por encima de los de las principales cuencas estadounidenses. A ello se suma un desafío cada vez más evidente: la logística, que comienza a consolidarse como uno de los principales cuellos de botella para su desarrollo.
Producir petróleo en la Argentina cuesta aproximadamente un 40% más que en la cuenca del Permian, el principal yacimiento no convencional de Estados Unidos y líder mundial en productividad.
A medida que la producción continúa creciendo, esta brecha adquiere una relevancia cada vez mayor para un país cuya oferta de petróleo y gas depende crecientemente de Vaca Muerta y que proyecta alcanzar una producción de 1,5 millones de barriles diarios hacia 2030.
Un informe técnico que llegó recientemente al secretario de Coordinación de Energía y Minería, Daniel González, identificó cuatro factores estructurales que explican esta diferencia de costos: la escala —aunque este aspecto tendería a reducirse con el crecimiento de la producción—, la logística, la carga tributaria y la productividad laboral.
El momento para dar este debate resulta oportuno. El precio internacional del petróleo ronda actualmente los US$ 80 por barril, luego de haber alcanzado picos cercanos a US$ 120 tras el estallido del conflicto en Medio Oriente. Sin embargo, las proyecciones de mediano plazo ubican el barril en torno a los US$ 60, un escenario que pondrá mayor presión sobre la industria para mejorar su competitividad y reducir costos.
En materia logística, unos 300 camiones cargados con 40 toneladas de arena para fractura hidráulica recorren diariamente alrededor de 1.200 kilómetros desde Entre Ríos hasta Vaca Muerta. Este transporte se realiza exclusivamente por carretera debido a la falta de una infraestructura ferroviaria adecuada. Como consecuencia, el costo de una tonelada de arena entregada en el pozo alcanza los US$ 120, frente a apenas US$ 40 en Estados Unidos. El transporte por camión tiene un costo estimado de cinco centavos de dólar por tonelada-kilómetro, sin considerar el deterioro que provoca sobre una infraestructura vial ya muy exigida ni los costos asociados a la siniestralidad.
Según estimaciones del sector, una alternativa ferroviaria podría reducir ese costo hasta alrededor de cuatro centavos por tonelada-kilómetro —o incluso 4,5 centavos, según distintos estudios—, además de disminuir significativamente el desgaste de las rutas y la cantidad de accidentes. En los últimos años, YPF impulsó distintas iniciativas para desarrollar el denominado «tren de Vaca Muerta», aunque hasta el momento ninguna logró concretarse.
En cuanto a la escala, este factor tenderá a mejorar gradualmente a medida que la producción de la cuenca se aproxime a 1,5 millones de barriles diarios. Sin embargo, seguirá existiendo una diferencia importante respecto de Estados Unidos, cuyas cuencas no convencionales producen cerca de 9 millones de barriles diarios. El menor tamaño del mercado argentino obliga además a importar gran parte de los equipos, insumos y productos químicos necesarios para la actividad, mientras que el reducido desarrollo de proveedores locales limita la competencia y contribuye a elevar los costos.
El tercer factor corresponde a la carga tributaria. En la Argentina, únicamente las plataformas de perforación cuentan con exenciones arancelarias, mientras que el resto del equipamiento tributa alrededor del 14%. A ello se suman impuestos provinciales sobre las ventas —que pueden alcanzar el 3% de los costos operativos— y otros gravámenes vinculados al combustible, tasas municipales y contribuciones específicas.
Con el objetivo de mejorar la competitividad del sector, el Gobierno amplió el alcance del Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) para incluir proyectos de perforación y producción de hidrocarburos. Sin embargo, no se espera que existan márgenes significativos para continuar reduciendo la presión tributaria nacional. En paralelo, las provincias involucradas en proyectos de exportación avanzan en la revisión de sus esquemas impositivos, aunque todavía se encuentran lejos de los niveles de incentivos existentes en Estados Unidos.
El cuarto componente es la productividad laboral. En promedio, las cuadrillas que operan en Vaca Muerta requieren alrededor de un 30% más de trabajadores que sus equivalentes en el Permian, debido a diferencias en los convenios colectivos, la organización de los turnos y otros estándares operativos que demandan mayor dotación para tareas similares. A esto se agregan los elevados costos de alojamiento, transporte y logística del personal, consecuencia de un desarrollo todavía insuficiente de infraestructura urbana, servicios y caminos en las localidades cercanas al yacimiento. Reducir esta brecha requerirá varios años de inversión pública y privada, ya que consolidar comunidades donde los trabajadores puedan radicarse junto a sus familias continúa siendo un objetivo de largo plazo.
Pese a estas diferencias de costos, el interés internacional por Vaca Muerta continúa creciendo gracias a la calidad de sus recursos y a la mayor seguridad de abastecimiento que ofrece frente a regiones geopolíticamente más inestables, como el Golfo Pérsico o el Mar Negro.
Según estimaciones de la industria, para alcanzar una producción de 1,5 millones de barriles diarios hacia 2030 será necesario duplicar las inversiones anuales en Vaca Muerta, pasando de los actuales US$ 10.000 millones a aproximadamente US$ 20.000 millones.
Llevar posteriormente la producción hasta los 2 millones de barriles diarios, con inversiones cercanas a los US$ 30.000 millones por año, requerirá avanzar decididamente en la resolución de estos desafíos estructurales. Solo así será posible consolidar un desarrollo competitivo y sostenible del yacimiento, generando al mismo tiempo un impacto positivo y duradero sobre las comunidades locales.